
Si observamos el tipo de gobierno de las naciones con un nivel de vida más acomodado, nos encontramos, salvo raras excepciones, una uniformidad liberal-conservadora o socialdemócrata dependiendo de hacia donde se inclina el acento si a la derecha o a la izquierda. En cualquier caso, un ligero énfasis en primar las ventajas del estado del bienestar con mayor o menor intensidad en las atenciones sociales.
La vieja Europa, cansada de diferencias irreconciliables, tiene cada vez más inclinaciones a abandonar las luchas por ideales colectivos y a rendirse ante el capitalismo más salvaje. Esas luchas cordiales, dialécticas y civilizadas, son cada vez más escasas y las fronteras entre las dos formas de entender la vida están diluidas entre toneladas de demagogia. Esas sibilinas maniobras liberales que han acabado por pudrir la esencia de ideales justos, demostrando que el poder económico puede quebrantar la justicia de cualquier voluntad.
No pretendo demonizar en sí las ideas liberales. En principio, cualquier sistema humano en el que se busque el éxito mediante un esfuerzo personal, evidenciando a su vez unas mayores cualidades para desempeñar un puesto relevante en la sociedad, debería ser en cualquier caso la esencia de la competitividad en un colectivo. Eso, por si sólo, no debe ser ni perverso ni contraproducente. Sin embargo, dejando las utópicas teorías y centrándonos en la tozuda realidad, nos encontramos con unas desigualdades tan pronunciadas que la posibilidad de una competencia justa es inexistente.
Así pues, como ya hemos dejado de lado la posibilidad de una competencia justa y nos embarcamos en la premisa de las riquezas iniciales acumuladas, podemos permitirnos el lujo de endurecer las reglas del juego. Eso sí, podemos venderle al mundo entero la maravilla de un sistema de igualdad empresarial, donde un pobre inmigrante desembarcado ilegalmente en las costas canarias podría llegar a ser el próximo Botín o Fernandez Tapias, si posee el suficiente ingenio y habilidad para sobreponerse a todas las calamidades.
Obviamente que los sistemas de compensación para lograr una mayor paridad que intentan desarrollar los credos socialistas, no son ni mucho menos perfectos. Hay que rebajar muchas tensiones y limar muchos elementos dispares para conseguir un mundo medianamente fiable y justo, pero francamente , no tenemos otra opción si queremos un mundo más equilibrado. Las tendencias conservadoras ya han demostrado su ineficacia, basando la repartición de bienes en un sistema categóricamente egoísta donde prevalecerá siempre la procedencia de la riqueza ante el esfuerzo del trabajo realizado.
Si no conseguimos un amplio acuerdo social en la distribución de los beneficios, seguiremos eternamente enfrentados y la crispación será siempre , innecesariamente, el centro gravitatorio de las relaciones humanas.
Salta a la vista que un cambio es necesario. Posturas cerriles e intransigentes de la derecha nos han arrastrado a unos niveles de deshumanización tales que la vida humana, en según que sitios, tiene un valor ficticio. El dinero y la importancia de los sanguinarios sistemas capitalistas se cobran a diario miles de vidas sordas cuyas causas no vienen reflejadas en ningún sitio. Cambiar la tendencia está en manos de todos.