
Hay ocasiones en las cuales mi apego por la especie humana es harto limitado. Y entre los más denostados de la raza, un servidor. Días en los cuales, debido a la imposibilidad momentánea de ser feliz o a lo sombrío que parece el mundo a veces, te inunda un fuerte sentimiento de desaliento.
¿Sirve realmente de algo que nos podamos comunicar entre nosotros? ¿Vale de algo la opinión de alguien, excepto para él mismo?
Estamos tan absortos con nuestras propias reflexiones, embriagándonos con nuestro brillante ingenio y firmeza, que sólo dejamos responder al contrario para seguir teniendo argumentos que rebatir, para con ello seguir disfrutando de nuestras soluciones. Importa bien poco si las construcciones del oponente tienen alguna base de certeza o de justicia. Sólo importa nuestra verdad, dejando bien claro que no existe la mínima posibilidad de que el otro pueda tener razón.
Seguimos día a día construyendo un gran universo de diferencias, un derroche de insanos sentimientos para herir lo máximo posible a quien tengas delante. Demostrar que tus ideas son tan inteligentes y están tan bien estructuradas, que tienden cabalmente a hacer el máximo daño posible. Nuestros amigos (los que piensan como nosotros) son cada vez más amigos y nuestros enemigos (los que no piensan como nosotros) son cada vez más enemigos. Agraviar hasta tal punto en el cual se pierda toda posibilidad de diálogo, eso es lo que mejor que sabemos hacer.
Y así andamos, llegando a situaciones tan esperpénticas, que evitan todo tipo de acercamiento. Así pues, no sería exagerado afirmar, que es prácticamente imposible imaginarse a un nacionalista de barretina yéndose de copas con un taurino sevillano, cerrando todos los bares de Madrid o Donosti. Es prácticamente imposible porque entre todos hemos creado el clima necesario para que así sea. Respiran diferentes tipos de aire, sus padres seguramente los querían de diferentes maneras, hablan idiomas tan diferentes que apenas comparten algún fonema, pero sobretodo debido a que perdieron su corazón hace tanto tiempo que ya ni se acuerdan.
Pues bien, aun a pesar de la inutilidad de ciertos ademanes gestuales, y de que será considerado como el clamor estéril y sin sentido de un loco, me gustaría reivindicar la posibilidad de conseguir un mundo mucho más cómodo para todos. De ser quien se quiera ser, sin que por ello se deba de ofender nadie. De escupirle al otro todas las barbaridades que se disparen en tu cerebro, pero sin enemistarse por ello, preservando el fondo pero adecuando las formas; intentando entre todos los excesos orales tener alguna recaída auditiva. De discutir y acalorarse con acertada pasión, para después refrescarse conjuntamente ante unas cervecitas. De disputar porque sí, sabiendo que el origen de cualquier polémica, las raíces de cualquier tensión, nacen dirigidas y nosotros nos sumamos borregilmente. En el fondo sólo somos peones en un mundo de reyes.
En fin, conseguir que la rigidez y el nerviosismo de nuestras existencias, se tornen un puro disparate sin sentido.